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“¿Dónde van a meter a todos los migrantes mexicanos?”

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“¿Dónde van a meter a todos los migrantes mexicanos?” (Especial)

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Todavía no amanece y en el puente internacional de El Paso (Texas) ya hay una fila de mexicanos esperando entrar a Estados Unidos. Son las seis de la mañana y los faros de los automóviles iluminan el camino de cientos de personas que se apresuran para llegar a tiempo al trabajo, la escuela o a una cita médica. Hace dos días los estadounidenses eligieron como presidente al republicano Donald Trump, el hombre que llamó “criminales” y “violadores” a todos estos mexicanos que madrugan para estar puntuales en Estados Unidos. La vida en la frontera de Ciudad Juárez y El Paso sigue, pero el miedo es ahora una semilla que ha comenzado a crecer entre todos los que cruzan diariamente el río Bravo.

Frente a la garita migratoria, algunas personas se detienen a tomar un café y comer un burrito antes de seguir el camino hasta El Paso. Una decena de vendedores se aposta frente a las casas de cambio que muestran en números rojos el valor del peso mexicano frente al dólar. Ricardo Jaquez, de 25 años, está esperando a sus compañeros de trabajo. Él es cocinero de un restaurante mexicano en el lado estadounidense desde hace ocho años. “Van muchos morenos”, dice para referirse a los clientes afroamericanos del local. La cocina, cuenta, está llena de mexicanos y todos están temerosos ante la presidencia de Trump, tengan papeles o no. “El nuevo presidente tiene que conocer mejor a los mexicanos y entender que es gente trabajadora que tiene necesidad de cruzar solo para trabajar”. Jaquez nunca ha trabajado en México, pero dice que lo haría en caso de no poder cruzar más. La industria maquiladora, que paga un promedio de cuatro dólares al día, sería su primera opción.

En el puente fronterizo, los vendedores ambulantes aprovechan la espera en la fila de coches para vender golosinas del lado mexicano del cruce. Luis Aguayo, de 50 años, está bebiendo todo su café antes de entrar al control migratorio. Va a comprar mercancía –que puede ser ropa o utensilios– que los estadounidenses rechazan en los controles de calidad de las importaciones. México exporta un 80% de sus productos de manufactura a Estados Unidos, así que Aguayo ha encontrado la forma de aprovechar esa mercancía “defectuosa” y la lleva de vuelta a Ciudad Juárez para venderla. Dos o tres veces por semana atraviesa a El Paso desde hace una década para emprender su particular forma de comercio. “Toda mi vida he vivido en Juárez y no me voy porque no me gusta la cultura del otro lado. Los muchachos se exponen a muchos riesgos y yo no quiero eso para mis hijos”, dice orgulloso.

Todos los días un millón de personas cruzan de México y a Estados Unidos por alguna de las 58 garitas de la frontera de más de 3.000 kilómetros. Ángel Castillo, de 29 años, se reúne en el puente con su hermano David que lo visita de Dallas (Texas). Con Trump como presidente Ángel ha perdido la esperanza de obtener los papeles y no ve en su futuro la posibilidad que durante muchos años ha anhelado. “Nos van a dejar sin empleo, va a haber más pobreza y más violencia en México. ¿Dónde van a meter a todos los migrantes? Si allá todo está lleno de mexicanos”. En la frontera hay tantas dudas como vallas.

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