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La pobreza extrema, una realidad en Oaxaca

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La pobreza extrema, una realidad en Oaxaca (Especial)

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De acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) un millón 130 mil personas viven en pobreza extrema en la entidad

LILIANA VELASCO

Agustina, sus hijos Germán y Griselda, así como sus nietos Bryan y Jimena, integran sólo a una de las miles de familias oaxaqueñas que se suman a la más de la mitad de la población que en el estado sobrevive de la pobreza, en un tiempo donde, el ministro presidente de la Suprema Corte Justicia de la Nación (SCJN), Luis María Aguilar Morales percibe un sueldo mensual de 651 mil 241 pesos mensuales y su remuneración anual, incluyendo prestaciones, es de 6.7 millones de pesos.

Agustina y su familia viven en pobreza extrema, en desigualdad y con injusticias, sufren la falta de acceso a la educación, a la salud y a empleos formales; son los que también tienen como gobernantes a quienes últimamente hicieron un recorte de más de 200 mil millones de pesos al Seguro Popular, a la educación pública y al desarrollo social, pero no a sus salarios, ya que éstos se mantendrán en 100 mil y hasta 600 mil pesos mensuales, sin dejar la partida de gasto médico privado, cajas de ahorro especial, seguridad, aguinaldos y viajes.

Pero de todos, el más afectado por las condiciones en que vive, es Bryan, un pequeño de más de tres años, quien por no ser atendido a tiempo, de acuerdo a su mamá, primero por el Centro de Salud de San Antonio de la Cal, después por el Hospital General Doctor Aurelio Valdivieso y al último por la Clínica del Carmen, tomó líquido amniótico al nacer originándole problemas de desarrollo.

Fue hasta después de los seis meses de edad que Griselda –su mamá– se dio cuenta que Bryan no se desarrollaba normal, porque al nacer, en la Clínica del Carmen, no le dijeron nada.

Las enfermedades se han presentado desde entonces, pero él se aferra a la vida aunque sin pediatras, porque consultar a uno es un lujo que sin medicamentos oscila entre 500 o 600 pesos.

Su padre, José, un joven de 25 años, hace más de un mes que lo dejó al igual que a su mamá y su hermana Jimena, no quiso ser responsable y hasta la fecha no quiere apoyar económicamente a su familia.

A Bryan, José no lo acepta porque dice que no pidió tener un hijo así; Griselda ahora tiene que trabajar, encontró un lugar donde la aceptaron con secundaria y le pagan 200 por día por trabajar diez horas.

“No me va tan mal, porque en la Central de Abastos querían pagarme 600 pesos semanales por trabajar todos los días de seis a tres de la tarde”

A Griselda la motiva conseguir los 500 pesos semanales que necesita para seguir llevando a Bryan a sus terapias a un centro de rehabilitación que encontró en San Martín Mexicapan, tiene muy claro que éstas mejoran la calidad de vida de su hijo, tiene la esperanza aunque le digan lo contrario que Bryan algún día caminará.

Esta familia, como muchas, no conoce del apoyo de programas sociales, no saben que existen, ya no creen, y es que, hasta la Fundación Teletón y el Sistema DIF Oaxaca les ha cerrado las puertas, en el primero porque hay una enorme lista de espera y en el segundo porque no reúnen todos los requisitos, además, San Antonio de la Cal no le otorga a Griselda un documento que le piden porque no ha cooperado para las fiestas patronales.

Agustina, la abuela, acostumbrada a luchar por sobrevivir desde que su esposo la abandonó con sus tres hijos por otra familia, es la encargada de cuidar a Bryan y a Jimena de apenas un año de edad; les da de comer y los baña mientras su hija trabaja, y cuando el tiempo se lo permite, obtiene cobre y latón del montón de material electrónico que invade una esquina de su cuarto para que Griselda los venda por kilo y comparta con su patrón la mitad de la ganancia.

“Trato de tener paciencia para cuidar a mis nietos y así apoyar a mi hija, aunque ella no lo valore, porque ellos no pidieron nacer, pero sí veo que Bryan necesita que su mamá le dedique más tiempo y no se puede”.

La dedicación de Agustina, originaria de Ixtlán de Juárez, es resultado de cuidar a su hijo Gerardo, un joven de 25 años que falleció hace un par de meses de cáncer de colon y también porque el Seguro Popular y las fundaciones no apoyan a los hombres que tienen cáncer y no pudo enfrentar los gastos, pero sobre todo, porque ya no quería sufrir más.

Gerardo no pudo ser enterrado en San Antonio de la Cal porque él y su familia apenas tienen seis años viviendo en este municipio y el requisito, de acuerdo a las autoridades municipales, es tener una antigüedad de más de 10 años, fue San Antonino Castillo donde, sin pertenecer, le regalaron un espacio para que pudiera descansar en paz.

Actualmente son cinco personas las que habitan un pequeño cuarto de lámina, ubicado en la quinta sección de San Antonio de la Cal, casi a la orilla del río Salado y entre calles sin pavimentar, este hogar prestado por la hermana de Agustina, para ellos, es suficiente para sus tres camas, cocina y comedor.

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